18-10-2011
VIOLENCIA Egon Friedler – Analista
Los cristianos coptos en Egipto no tienen dudas: los ataques mortales contra sus manifestaciones pacíficas del domingo pasado en El Cairo, que causaron 25 muertes y 272 heridos, fueron comandadas o instigadas por el ejército. Las pruebas son bastante evidentes: la televisión estatal instigando contra los coptos, los autos blindados del ejército arremetiendo contra la multitud, la violencia de civiles infiltrados en la multitud a los que ninguna fuerza militar trató de detener.
Los coptos tenían motivos de quejas más que legítimos. Reclamaron plena igualdad de derechos en un país que presuntamente se dirige hacia la democracia, lo que implica el cese de la discriminación, el derecho de construir iglesias y el cese de la enseñanza obligatoria del Islam en las escuelas. Reclamaron además el cese del gobernador de la provincia de Aswan, quien en una actitud de complicidad tácita, no hizo nada por impedir que una iglesia fuera quemada y exigieron el fin de la incitación anticritiana en la televisión oficial.
Un informe de Raymond Ibrahim (Revista Hudson, 10.10.2011) pone en claro qué es lo que llevó a los coptos a protestar. En la provincia de Asuán los arreglos de una iglesia deteriorada, construida hace un siglo, irritaron a los musulmanes locales que comenzaron a cuestionar la existencia misma de un templo cristiano. Una multitud rodeó la iglesia y a los gritos de «Allahu Akbar» amenazó con destruir el edificio y construir una mezquita en su lugar. La situación de tensión se prolongó durante varias semanas y muchos cristianos tuvieron miedo de salir de sus casas incluso para comprar comida. La situación crítica llegó a su culminación el viernes 30 de setiembre. Luego de las plegarias en la mezquita, unos 3.000 musulmanes atacaron la iglesia y la incendiaron y demolieron la cúpula. El fuego destruyó también las viviendas de coptos cercanas, que luego fueron saqueadas.
Según testigos, autoridades policiales estuvieron presentes y no hicieron nada para detener a los atacantes. Por su parte, el gobernador de Asuán apareció en la televisión estatal y negó que una iglesia haya sido incendiada y la llamó «casa de huéspedes» un eufemismo utilizado como excusa para explicar la destrucción de iglesias. Incluso justificó el incidente diciendo que el contratista había construido el edificio a una altura de más de tres metros de lo permitido por lo cual «los coptos habían cometido un error por el cual debían ser castigados». Por supuesto, ninguno de los atacantes fue arrestado.
Ibrahim recuerda que este no es un incidente aislado. Hubo varios episodios semejantes, entre ellos la quema de una Iglesia a comienzos de año en la cual hubo 23 víctimas.
Ese recrudecimiento no es casual. Después de la caída de Mubarak en enero de este año levantaron cabeza muchos grupos musulmanes fanáticos, entre ellos los numerosos e influyentes Hermanos Musulmanes que declararon inmediatamente después de la revolución «que no debía permitirse la construcción de nuevas iglesias y las que hayan sido demolidas no debían ser reconstruidas. Igualmente debían prohibirse las cruces y el tañido de campanas».
Los coptos (cuyo nombre se deriva de «Aegyptus») viven en el país desde el primer siglo después de Cristo, varios siglos antes de que surgiera el Islam. Se estima que constituyen entre el 8% y el 10% de la población total del país que tiene unos 85 millones. El 90% de los coptos sigue la tradición de la Iglesia Ortodoxa copta, mientras el 10% restante se divide entre otros grupos cristianos.
Como escribe Imad Boles, un especialista en el Islam en el «Middle East Quaterly», la tensión entre egipcios y coptos tiene profundas raíces históricas. De hecho, existe desde la invasión árabe a Egipto en el año 641 que trajo el Islam al país. Los coptos vivieron de acuerdo al estatuto de «dhimmi» que rigió también para los judíos. Es decir, eran miembros de una minoría protegida pero sin plenos derechos civiles. Pese a que el sistema ha sido idealizado por escritores modernos, el sistema de «dhimmi» era, de hecho, un sistema de exclusión política, explotación económica, persecución religiosa y degradación social.
Las presiones de las potencias occidentales en defensa de sus ciudadanos radicados en Egipto ayudaron a mejorar la situación de los coptos y la guerra de Crimea (1853-56) les trajo nuevas esperanzas. Su principal factor de inferioridad, el impuesto de la jizya fue abolido en 1855 y se les permitió ingresar al ejército. Al año siguiente se aprobó la igualdad ante la ley. El mejoramiento de su status en la sociedad fue acompañado por un despertar religioso, impulsado por el carismático patriarca Cirilo IV (1854-1861) que tuvo el efecto de mejorar los niveles educativos y fortalecer una identidad copta.
En el siglo XX, la posición de los coptos en la sociedad egipcia tuvo muchos altibajos. El comisionado británico, Sir Elton Gorst (1907-1911) cedió a presiones de los musulmanes e implantó un sistema que excluyó a los coptos de cargos importantes en la administración. En protesta, éstos se reunieron en un histórico Congreso en Assyut en 1911, en el que formularon un enérgico reclamo por la igualdad de derechos. Los británicos no aceptaron sus demandas, pero en la década del veinte las relaciones entre musulmanes y coptos mejoraron en el marco de una solidaridad común contra el colonialismo británico. Sin embargo, en la década del treinta la militancia islámica volvió a ser una amenaza para los coptos y su situación de inferioridad continuó incambiada hasta la revolución de Nasser de 1952. Si bien el régimen autocrático nasserista les trajo cierto alivio, solo oprimió a los elementos islámicos militantes en la sociedad egipcia sin incorporar a los coptos a la vida política. Por otra parte, la política de nacionalizaciones de Nasser, iniciada en 1961 perjudicó a la clase media copta que perdió gran parte de sus propiedades. Después de la muerte de Nasser en 1970, el régimen de Anwar Sadat significó un retorno a una política pro-islamista que culminó en 1980 con la adopción de una constitución que introdujo la Sharia islámica como elemento fundamental de legislación. Hosni Mubarak, continuó en grandes líneas con la misma política de Sadat y osciló entre una política permisiva hacia los grupos islámicos y la represión a los más violentos. Si bien el estricto régimen militar de Mubarak evitó muchos ataques violentos por parte de musulmanes extremistas, en los veinte años que siguieron al asesinato de Sadat hubo más de 30 masacres de coptos por parte de islamistas fanáticos. No es de sorprender que los coptos hayan adherido fervientemente a la revolución democrática que derrocó a Mubarak y que se hayan desilusionado al ver que hasta ahora no produjo sino un régimen de alianza del ejército con elementos islamistas cada día más organizados, militantes y agresivos.
El destino de los coptos, la minoría cristiana más antigua y numerosa del Medio Oriente no es un tema menor. Su lugar en la sociedad egipcia luego de las elecciones en el próximo mes de noviembre, habrá de determinar en gran medida, si la revolución egipcia de enero, habrá de consolidar una genuina primavera democrática o acabará en un nuevo invierno autocrático árabe.
Coptos en la mira
18/Oct/2011
La República, Egon Friedler